El día a día de Calisto

Reportaje de Miguel Ballesteros Delgado

Calisto

Calisto era un joven noble que vivía en un palacio medieval que tenía numerosas habitaciones decoradas con gran lujo. Estaba rodeado de verdes y enormes jardines, donde podías encontrar un lago en el que nadaban peces exóticos traídos de lejanos países.

Calisto todos los días se despierta a las 11 de la mañana en su hermosa cama de madera de roble, vestida con sábanas de seda; el lecho poseía relieves tallados a mano con motivos arbóreos y un dosel de telas procedentes de la India. Decoraban las paredes de sus aposentos bellas y esplendidas pinturas y relieves, y un armario de grandes dimensiones apostado a un lado cobijaba el suntuoso vestuario del joven Calisto.

Una vez despertaba solía desayunar: pan de avena y trigo sarraceno tostado, con miel silvestre, té de Ceylán endulzado con azúcar de caña, acompañado de un buen zumo hecho con las mejores naranjas de los campos de cultivo del señor feudal Alvar.

Al acabar su copioso desayuno, Calisto se dispone a ataviarse con las galas adecuadas para salir de caza con sus criados, Sempronio y Pármeno. El joven noble está entrenado en el arte de la cetrería, así que suele salir con su halcón Falco. Disfruta al aire libre, paseando por las tierras que su padre posee ,hectáreas de terrenos cultivados y trabajados por siervos y arrendatarios. Cuando captura a unas liebres, codornices y algún faisán, se dispone a regresar a palacio. Este deporte, según él lo describe, es una diversión que practica desde niño.

Calisto toma su almuerzo sobre las 2 del medio día. Esta comida está compuesta en parte, de la captura obtenida de la cacería del día anterior. Las cocineras de palacio se encargan de preparar exquisitas perdices de corral en salsa agridulce, regadas de un buen vino tinto de la viña del señor Rodrigo. De postre pasteles de almendra y hojaldre acompañado de chocolate ligeramente especiado.

Seguidamente se retira a sus aposentos para deleitarse con la música que uno de sus sirvientes toca para él al arpa, este rato de reposo es uno de los momentos de mayor disfrute.

Un poco más tarde, se acicala para visitar a su hermosa Melibea. Calisto salta la tapia del jardín de su amada aprovechándola la caída del sol, para que nadie más que ella descubra que ha llegado su amado. Cuando ya está cerca, tanto que puede oler su dulce perfume, le recita un poema de amor dedicado sólo a ella, exaltando la belleza y las más altas cualidades de la joven. Pero pronto debe huir porque Melibea está custodiada por su ama que la protege y cuida de su honra. Así que Calisto huye presto para refugiarse nuevamente en la soledad de su castillo.

A las 9 de la noche, ya en palacio, toma un agradable baño, seguido de una cena compuesta por un gran trozo de arenque ahumado del mar del Norte y ensalada de verduras variadas de la huerta.

Sobre las 11 de la noche cuando el cansancio del largo día cae sobre sí, el amado de la joven Melibea se dispone a tomar el cálido lecho donde le esperan los sueños con su enamorada. Mañana volverá a cortejarla, mañana quizás logre abrazarla.