El encuentro entre dos santos.

Una anecdota compartida por el Obispo Emérito de San Diego

La siguiente anécdota fue tomada de una homilía que pronunció el Obispo Emérito de San Diego, Robert Brom, en la Catedral de San José en la fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús el 1 de octubre de 2016 a la que tuve la dicha de asistir.



Así va la historia de un encuentro entre dos santos: la Madre Teresa de Calcuta y Juan Pablo II.

En el año de 1993, cayó gravemente enferma la Madre Teresa. Fue internada de emergencia en Hospital Del Prado en Tijuana. Tenia problemas cardiácos. La Dra. Aubanel, líder mundial en angioplastia avanzada, facilitó su traslado de Tijuana a una clínica especializada en La Jolla, California.

La salud de Madre Teresa iba en declive. Tenía pulmonía complicada con un debilitamiento del corazón. Los doctores fueron contundentes, “a la Madre Teresa le quedan 24 horas de vida,” le dijeron al entonces Obispo de San Diego, Robert Brom. La paciente, postrada en cama, vivía un terrible suplicio. Cuenta el Sr. Obispo, “estaba conectada a una gran cantidad de máquinas. Tenía sondas por todos lados. La máscara de oxígeno le cubría el rostro. Realmente era muy angustiante verla sufrir de esa manera.”

Al ver que el desenlace era inevitable, el Obispo se encargó de informar a la Hermana Nirmala (que ocupaba el segundo cargo después de la Madre en la Congregación de las Misioneras de la Misericordia) al igual que informar al Santo Padre Juan Pablo II. Era de todos conocida la gran amistad y afecto que unía a ambos.

En cuestión de minutos el Sr. Obispo recibió una llamada del secretario personal del Papa, el ahora Cardenal Dziwisz. “El Santo Padre estará llamando a la habitación del hospital para impartir la bendición apostólica a Madre Teresa a las 12 en punto hora de San Diego.” Rápidamente se hicieron todos los preparativos para contestar la llamada del Papa con el debido protocolo.

Los tres especialistas que atendían a Madre Teresa, fueron contundentes. “Por ningún motivo podrá la paciente quitarse la máscara de oxígeno. Ella no puede respirar sin su ayuda.” Se ensayó como iba a ser el intercambio. Contestaría la llamada el Sr. Obispo, saludaría al Santo Padre y después, acercaría el teléfono a la Madre Teresa para que escuchara la voz del Papa y así recibir su bendición. La Madre Teresa no iba a hablar.

El reloj marcó las 12 en punto y pocos segundos después, empezó a sonar el telefonó. Dentro de la habitación se encontraba la Hermana Nirmala, el Obispo, su secretario, una enfermera y los tres especialistas. “Recuerde Sr. Obispo de acercarle el teléfono para que la Madre escuche la voz del Papa. Ella no podrá hablar,” le advirtieron los doctores.

Con una voz nerviosa y llena de emoción, el Obispo contesta el teléfono y dice, “Santo Padre, habla el Obispo Brom de San Diego. En un minuto lo comunico con la Madre Teresa. Ella lo estará escuchando aunque no pueda hablarle.”

Al acercarle la bocina a Madre Teresa, sucede algo inexplicable. La Madre Teresa con su mano amoreteada de tantas inyecciones y debilitada por la enfermedad, se quita la máscara y con una voz débil y cansada le dice al Santo Padre, “Santo Padre bendígame, que me estoy muriendo.” Con un rostro marcado por el sufrimiento, la Madre levanta lentamente la mano derecha para persignarse. Dice el Obispo que nadie pudo contener las lágrimas. Sus manos debilitadas, arrugadas por los años, manos que tocaran tantos y tantos rostros de enfermos y moribundos ahora eran para ella el medio por el cual recibía la bendición.

Antes de despedirse, la Madre le pide al Papa otra favor. “Santo Padre, también bendiga mi congregación.” De nuevo se persigna la Madre y esta vez la acompaña la Hermana Nirmala, que lloraba de emoción. El tiempo se detuvo en ese momento y los presentes vimos a Cristo crucificado en esa habitación dijo el Obispo. La Madre Teresa se conformó tan perfectamente a la voluntad de Dios que era como revivir la pasión de Nuestro Señor.


Lo que sucedió días después pertenece a la historia. La Madre Teresa en cuestión de horas, se fue recuperando. La paciente que no le daban más de 24 horas de vida, sobrevivió las primeras 24, y luego las siguientes 48 horas, y así sucesivamente hasta que una semana después, fue dada de alta. Salió por su propios pies rumbo a Tijuana al encuentro con sus pobres.


El Obispo, perspicaz y atrevido le preguntó a uno de los tres especialistas que atendió a la Madre (que es de creencia judía) el por qué de la sorprendente recuperación de la religiosa. “Sr. Obispo, creo que Ud. como cristiano, sabe lo que sucedió.” “Sí, dijo el Obispo Brom, para nosotros fue un milagro pero necesito que tú como judío, me des una explicación científica. “Sr. Obispo, hay cosas que la ciencia no explica. Lo que sucedió aquí es obra del amor.”



Le dedico esta anécdota a la muy querida comunidad de religiosas pertenecientes a la Orden del Santísimo Salvador y de Santa Brígida al igual que mis hermanos y hermanas en la Milicia del Santísimo Salvador. Que la gran amistad que unió a los Santos Juan Pablo II y Madre Teresa de Calcuta sea para nosotros fuente de inspiración y consuelo. El amor obra milagros. Que la amistad y fraternidad entre nosotros sea siempre bendecida y sostenida por el amor divino. Amen.