El Encanto de un Mod Discreto

“Alfredo Calonge: El Encanto de un Mod Discreto”

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Inspiración en diferido

No paraban de sonar y retumbar en nuestras habitaciones realmente pequeñas.
Daba igual si hacía 7,8 o 10 años que aquellos discos habían visto la luz. Daba igual que nos las hubiéramos visto y deseado para conseguir aquellos dos elepés que parecía que la tierra se hubiera tragado; y los regurgitara muy de tanto en tanto a precios prohibitivos.
Desde aquella calurosa y húmeda tarde de 1993 en que, de la mano de Luis Costa, adquirí el single de “Moscas y Arañas” en la tienda que por entonces regentaba Guille Iriondo en la calle Joaquim Costa, para mí la cosa fue a más. Como un chute de levadura en el epicentro de esa Gran Obsesión por la parte menos obvia de los 60 que me consumía y, a la vez, llenaba mis horas, días y pulmones.
Porque Los Negativos también lograron cambiar vidas, mejorándolas, con efecto retardado.
Ringo Julián dijo una vez en una entrevista que habían “roto con los cánones de la buena mesa”, y vaya si se seguía notando, a pesar del paso de los años. Ninguna otra banda fue capaz de crear un mundo privado tan adictivo, hermoso y subterráneo como el que Los Negativos llegaron a esculpir a golpe de instrumental añejo, ideas frescas y una intachable honradez underground.
Sus canciones te hablaban de rituales, introduciéndose en los tuyos propios. Un clásico personal era, por ejemplo, el de volver a casa cuando estaba amaneciendo y echar “Cansados y Decaídos” a rodar sobre el tocadiscos.
Por verles en directo en la última ocasión en que se subió al escenario la formación mítica de sus dos primeros elepés, salí de casa con 40 de fiebre una fría noche de otoño del ’94.
Sus temas te trazaban cartografías de una ciudad que sonaba a multicolor, vibrante y alucinada en “Picnic Kaleidoscópico” (Victoria, 1986), y a melancólica, misteriosa y al borde de la extinción en “18º Sábado Amarillo” (Victoria, 1987): Euforia triposa y resignada resaca. Viaje al norte y a la estación de Francia. Grandes panorámicas mentales teñidas de púrpura y pequeños retablos de nocturnidad cotidiana y lluviosa.
Ambas Barcelonas eran insobornablemente parte de nuestro bagaje (mío y de unos cuantos más con los que me juntaba en tugurios alejados de los fastos de esa modelnez tan de nuestra ciudad) a pesar, ya digo, de que aquellos discos fueran pasto de coleccionistas y gentes desadaptadas a sus tiempos, entornos y afectos. Es decir, a pesar de que su trascendencia -más allá de un sucinto puñado de paladares musicalmente finos- hubiera sido prácticamente inexistente.
¿Cómo no iba serlo, si existieron en aquella Españaza donde Mecano, Olé-Olé y Tino Casal triunfaban sin paliativos?
Como todas las leyendas, la de Los Negativos ha crecido con el paso del tiempo, y con la subsistencia de la banda y sus canciones a través de reencarnaciones que nos han devuelto a aquella tierra fértil donde chicas saltaban sobre hot dogs, los días eran especiales sintiéndote bien de verdad y el mayor título al que se podía aspirar era el de Graduado en Underground.
Y, ¿saben?, han seguido sonando en aquellas habitaciones realmente pequeñas cimentando zonas temporalmente autónomas por las que perderse, partiendo de aquellos negros surcos a 33 o 45 RPM, para hacer surf en tu mente.
Y nunca, nadie, lo ha vuelto a conseguir así, con tanta intensidad. Con tanta profundidad. Nunca nadie ha superado eso. Sea lo que sea eso.
Al final, Los Negativos sí trascendieron, convenciendo y venciendo; aunque la victoria tuviera ese agridulce sabor pírrico que suelen dejar los ires y venires por los entramados subterráneos de una ciudad -clasista y cruelmente ingrata con muchas de sus mentes más inquietas e interesantes- como es Barcelona.
Pero tanto para muchos de quienes vivieron su punto de explosión, como para muchos otros que los vivimos en diferido, la banda fue ese gran secreto a voces capaz de indicar caminos por recorrer y de inspirarnos gestas inenarrables y bellas.
Porque sí: Los Negativos siguen inspirando un montón de sensaciones hermosas, intensas y vivas, a pesar de haber sido pergeñadas hace 30 años.
Y eso, ustedes dirán, a ver quién nos lo quita.
  • Alberto Valle – Junio 2014