El Lázaro del siglo XXI

Baeza, 22 de Marzo de 2.014

Escribo esto para que cuando termines de leerlo sepas algo sobre mí, sobre mi pasado.
Empezaré por contarte quién soy. Bueno pues me llaman Lázaro, soy un chico bajito, moreno, de ojos oscuros y pelo rizado. También debo decirte que soy algo tímido, pobre, sin padres desde los trece años y por desgracia analfabeto. En 2.001 mis padres fueron detenidos a causa de tráfico de drogas. Eran conscientes de que lo que estaban haciendo no era algo que debieran hacer, pero no les quedaba otra. Se quedaron sin trabajo y no eran capaces de sacar la casa y a mí hacia delante, así que optaron por meterse en ese mundo para conseguir algo de dinero. Eso fue así hasta que los detuvieron y me quedé solo... sin padres...
Pasaban los días y yo no sabía qué hacer. Era un muchacho demasiado joven como para mantener una casa y a mí mismo, así que decidí salir a buscar cualquier trabajo. Pasé por librerías, zapaterías, estancos, cafeterías... ¡y hasta pasé por alguna que otra frutería! Pero claramente, en ninguno de esos sitios iban a querer contratar a alguien que nunca ha ido a ninguna escuela, a alguien analfabeto.
Viendo que no encontraba ningún tipo de trabajo, lo único que se me pasaba por la cabeza era ir al ayuntamiento de Baeza (mi ciudad natal), y hablar con el Sr. alcalde para ver si él me podía ayudar con mi problema.
El alcalde estaba sorprendido, pues nunca había ido nadie tan joven como yo a hablar de ese tema con él. Tras estar conversando un rato, me dijo que hablase con el Concejal de Limpieza y Mantenimiento de Espacios Públicos. Me dirigí hacia donde el Sr. alcalde me indicó. Hablé con ese señor y me dijo que desgraciadamente no era posible un puesto de trabajo para mí como barrendero, pero me comentó que era posible encontrar algo en Servicios Sociales.
Hablé con la persona encargada del tema y afortunadamente me dijo que podría serle de muy gran ayuda a un señor mayor ciego. Me puse tan contento que ¡hasta le dí un abrazo! De nuevo fui a ver al Concejal de Limpieza y Mantenimiento de Espacios Públicos y le dí las gracias por haberme ayudado.
Me puse en contacto con el hombre al que tendría que ayudar. Me contó su triste historia... No tenía hijos. Él siempre ha vivido con su mujer en Ibros, localidad cercana a mi ciudad natal. Este hombre iba y venía todos los días de Ibros a Baeza, pues trabajaba en Baeza. Un día de mala suerte, en el trayecto de vuelta, Martín (que así se llamaba el hombre) tuvo un grave accidente con el coche y quedó ciego. Rápidamente quienes estaban allí con él le llevaron a Baeza, que era la ciudad más cercana y no tenían mucho tiempo.
Una vez allí, contactaron con su mujer, María, quien estaba muy preocupada por la tardanza de la llegada de Martín a casa. Mientras unos médicos trataban a Martín, llegaba María, que al ver a su marido en ese estado lloraba desconsoladamente.
Los médicos allí presentes pidieron a todos que desalojasen la sala de aquel hospital.
Pasadas siete horas, Martín salió de aquel hospital junto con María. Como él no se encontraba del todo bien, decidieron quedarse en Baeza a pasar la noche en casa de un compañero de Martín.
El hombre ya estaba recuperado, aunque demasiado triste, pues nunca más podría recuperar el sentido de la vista. Junto con su esposa María envejeció. María era unos cuantos años mayor que Martín, y tenía enfermedades causadas por la edad. Así que una de las hermanas de María (bastante menor que ella) decidió llevársela y cuidarla en su casa, ya que Martín no podría cuidarla.
Martín me contó que fue muy duro salir adelante siendo ciego y solo. Le dió muchísima alegría saber que yo le cuidaría durante el resto de su vida, y también me dijo que prometía cuidarme mucho, pues era lo único que tenía para poder seguir adelante y que viviría en su casa con él, para que no se sintiera solo.
Un día (como muchos otros) por la mañana, salimos a dar un paseo en dirección al parque favorito de Martín, donde me contó que allí pasaba las tardes con María, sentados en el mismo banco en el que estábamos nosotros.
Un hombre, se sentó con nosotros y estuvo hablando con Martín un buen rato. Resultó ser un viejo amigo suyo. A mí me entró hambre así que le dije a Martín que esperase en el banco, que no tardaría mucho en ir a un quiosco a comprar algo para picar. Él me dijo que fuese tranquilo, que no se movería del banco y que sería incapaz de abandonar a alguien que le estaba ayudando tanto como yo. Me convencieron sus palabras y, tranquilamente, me dirigí al quiosco más cercano. Tardé apenas un cuarto de hora.
Cuando volví al banco en el que estábamos sentados ¡Martín no estaba allí! Lo raro era que su amigo tampoco se encontraba en aquel lugar... Fui corriendo a casa y tampoco se encontraba allí. Estuve varios días sin saber nada de Martín, hasta que por medio de unos vecinos me enteré de que quien cuidaba ahora a Martín era aquel viejo amigo suyo. No podía creer que aquel hombre me cambiase por un amigo suyo...


Entonces entendí que por mucho que conozcamos a una persona, nunca debemos confiar demasiado en ella.