El pan de cada día

Pablo Lacayo

Jueves 05 de febrero del 2015


Era aun de madrugada cuando en la pequeña y humilde choza de barro de la familia Gómez, el hijo mayor de trece años de doña María, José ya se había marchado a la mina El Dorado para trabajar. Doña María y su hijo Pedro, de once años, partieron de inmediato a la plantación de café La Comarca para ganarse el pan de cada día. Los Gómez compartían los ojos marrones, la piel morena, baja estatura y el pelo negro. Antes de partir los dos cogieron un poco de comida y agua y empezaron a caminar los cinco largos kilómetros para llegar a la finca. También dejaron a los niños más chicos adonde la abuela para que los cuidase. Una vez que arribaron a la finca se les asignaron los surcos y empezaron a trabajar.


- ¡Corten, corten, corten! – era lo único que exclamaban los capataces de La Comarca. El caliente sol de mediodía ardía los cuellos de los trabajadores de la finca. Sus manos estaban llenas de mugre y miel de café. Mientras Pedro cargaba su última canasta de café se tropezó con una piedra y lanzó su canasta volando por los aires. ¡Tanto trabajo por nada! Pedro se zafó el pie y no puedo seguir aportando a la cosecha por el resto del día.


Cuando ya el sol empezaba a ocultarse entre las copas de los árboles llegó la hora de medir, la jornada diaria había terminado. Pedro y su madre luego fueron a recolectar su jornal que era de cien córdobas. Los dos luego hicieron la compra semanal, recogieron a los más chicos donde la abuela y regresaron a su humilde hogar. A lado de su choza había una camioneta perteneciente a la Mina El Dorado. El dueño les informó que José había muerto en un derrumbe. La cara de doña María perdió su color al igual de cuando el mismo señor le dijo que su esposo había muerto. ¡Ahora solo dos aportaban a ganarse el pan de cada día!

El autor

Mi nombre es Pablo Lacayo. Tengo 13 años y estudio en el Colegio Americano Nicaragüense.


En la primera fase de escritura tenía varios temas para escribir. Sin embargo, me di cuenta que la mayoría eran fáciles de solucionar. El trabajo infantil es un problema muy grande alrededor del mundo, y no es tan fácil de solucionar. Las cifras más recientes proyectan que hay 218 millones de niños trabajando en el mundo. En fin, escribí este cuento para denunciar a uno de los problemas más grandes en nuestra sociedad del siglo 21.