Día II

Posada de las tres cuerdas

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Junchiro había olvidado todo lo que lo rodaba. Había olvidado a su hermano Koichi y las tristezas de la guerra y también a sus padres y su ciudad. Recostado contra una de las columnas que sostenían el techo de la casa, bebía con la mirada la belleza de la muchacha, mientras la extraña música se apoderaba del aire y del espacio.

Cada vez que la joven tocaba la cuerda del medio del shamizen una nota más alta y más vibrante que las demás resonaba en el cuarto. Y Junchiro sentía que algo invisible, frío y pegajoso, se enroscaba alrededor de su cuello y su cara. Con esfuerzo consiguió llevarse la mano al cuello y la impresión desapareció, como si con su gesto hubiese roto una cuerda invisible.


La jovencita pareció sentirse molesta por su movimiento. Pero apenas por en instante frunció las cejas. Su maravillosa sonrisa volvió inmediatamente y siguió tocando el shazimen. La cuerda del medio vibraba cada vez más fuerte y más seguido y Junchiro se sentía atrapado por esa cosa invisible que lo aprisionaba.


A pesar del sueño y el malestar que le había provocado el vino de arroz, el joven samurai comprendió aterrado que había caído en una trampa. Reuniendo todas sus fuerzas, consiguió sacar su katana de la vaina.


Cuando la jovencita vio el sable desenvainado, ya no intentó disimular su enojo. Furiosa y descontrolada, tocó con tanta fuerza la cuerda del medio que se rompió. Alargándose, la cuerda voló a enroscarse en el cuello de Junchiro. Era demasiado tarde para intentar nada: estaba atrapado, atado a la columna. Sin embargo, a pesar de tener el brazo casi inmovilizado, logró arrojar el sable, que se clavó profundamente en la caja negra del instrumento musical.

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La furia de la muchachita desapareció de golpe. Su cara blanca y fina pareció enflaquecer de pronto y tomó una expresión triste, dolorosa. Se levantó, alzó su instrumento del suelo, y volvió a subir las escaleras silenciosamente, con cierta dificultad.


Un silencio pesado envolvía la casa. Por la ventana entraba el frío de la noche. La llama de la lámpara flameó y finalmente se apagó. El prisionero quedó sólo en la más negra oscuridad. El agotamiento fue más fuerte que el terror y Junchiro, en su incomoda prisión, se quedó dormido.


Lo despertó la luz del amanecer. Junchiro miró a su alrededor y casi no pudo reconocer el lugar donde se encontraba.. Las esterillas que cubrían el piso eran restos rotos, viejos, cubiertos de polvo. La puerta que creía haber empujado al llegar estaba tirada en el suelo, con la madera podrida y llena de gusanos. En lugar de la tetera había un montón de cenizas. En lugar de la botella de sake y el tazón había dos piedras.

¿Había sido un sueño? Pero la cuerda fría y pegajosa que lo ataba todavía a la columna era completamente real. Junchiro tironeó para soltarse pero no pudo. También eran reales las gotas de sangre fresca en el piso: iban hacia las escaleras.


En ese momento escuchó la voz tranquilizadora de su hermano, que lo llamaba por su nombre. Gritó para guiarlo y con enorme alegría lo vio entrar en La Posada de las Tres Cuerdas.


Con su katana, Koichi cortó las ligaduras que ataban a su hermano. No se abrazaron porque los samuráis no se abrazan, pero se miraron como si lo hicieran.

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Junchiro le contó a su hermano las aventuras de la noche anterior. Después siguieron por las escaleras el rastro de sangre fresca que subía hacia el piso superior. En la confusión de esa noche terrible, sin saber claramente que había sucedido en realidad, confundido por la borrachera, Junchiro temía haber herido a la hermosa dueña de casa.


Subiendo con mucho cuidado los escalones rotos y carcomidos, llegaron a la habitación del primer piso.


Allí, debajo de una enorme tela desgarrada, del tamaño de un hombre, encontraron a una gigantesca araña muerta, atravesada por la katana de Junchiro.