"Historias de la puta mili"

Visión a pie de batalla del Servicio Militar español sXX

Stella Flores Bolocan

1o Bachillerato C

Mi padre.

Quizás parezca extraño centrarme en explicar algo que la mayoría de gente intenta borrar de su mente, ya que solo son recuerdos negativos. En cambio, en el caso de mi padre, es completamente al contrario. Me ha contado tantas veces sus hazañas e historietas en el Servicio Militar, que no me ha echo falta preguntarle demasiado.

Para entenderlo, primero hay que conocer los rasgos de mi padre, Julián Flores Yélamos, tanto los físicos como su esencia. Nació el 14 de setiembre de 1963 en Granollers. Yo personalmente le veo un hombre centrado, que sabe lo que quiere y con fuerza de voluntad y optimismo. Me encaja bastante su actitud con la de una mente pro-activa; siempre está por delante de lo que yo digo y pienso (quizás por eso, o quizás por los años). Disfruta haciendo lo que le gusta, pero nunca deja de lado sus obligaciones, siendo honesto y responsable para todo. Es conformista, no tiene manías. Sabe guiarme y cuida de mí él solo.

Físicamente, ahora tiene un cuerpo normal para alguien de 52 años, pero cuando ingresó en la mili, a los 20 años, hacía atletismo y era un gran deportista. Por lo tanto pesaba poco y tenía mucha agilidad. Aunque parezca algo superficial, es lo que hizo que su estancia en la mili no fuese un infierno como para muchos, aunque de eso hablaré después. He aquí la única foto que mi padre se hizo en la mili: a los 20 años, en el cuartel de Cartagena, en la sala de vídeo.

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La "mili"

Desde el reinado de Fernando VII en España se practicó el Servicio Militar Obligatorio para todos los jóvenes mayores de edad. El objetivo era preparar a los jóvenes por si se sucedía una guerra, tener soldados suficientes y que todos hubiesen tenido un arma en sus manos alguna vez y supiesen cómo reaccionar y actuar en un conflicto bélico. Ésta práctica se llevó a cabo hasta su suspensión el el año 1996, aunque no se aplicó hasta 2001.
Éste servicio era obligatorio, y por lo tanto tenía defensores y objetores. Los defensores eran aquellos para los que la mili comportaba un cambio de aires, algo parecido a unas vacaciones dónde conocer gente. Los objetores, por otra parte, eran sobretodo los intelectuales, que debían dejar una carrera a medias por servir durante un año a su patria; éstos eran jóvenes no demasiado deportistas por lo general, y por lo tanto lo pasaban realmente mal a la hora de realizar pruebas físicas. Sólo podían librarse de éste servicio los hijos de viudas y los que presentaran discapacidades físicas. Había un gran malestar general en referencia a la mili, pero como era algo tradicional, que se había hecho siempre, no se ponía en duda que tuviese que llevarse a cabo.
En los últimos años del franquismo, dictadura que terminó en 1975 con la muerte de Francisco Franco, empezaron a moverse una serie de engranajes en la sociedad que tenían como objetivo la libertad de la que se había privado a los españoles durante muchos años (libertad de expresión, sobretodo). Éste período de inestabilidad dio lugar a que en 1977 se crease el MOC (Movimiento de Objeción de Consciencia). Éste movimiento era de insumisión y de antimilitarismo. El pueblo se unió a otros grupos que pedían la restitución de éste Servicio desde hacía años, como los Testigos de Jehová, con conceptos que el Estado no supo rebatir como la no-violencia, la paz, la injusticia social y la obediencia ciega. Así pues, cuando los militares quisieron reclutar a jóvenes, cada año que pasaba después de la creación del MOC se presentaban menos. Y esto fue lo que condujo a su retiración absoluta en 2001.
Mi padre, por su parte, vivió éste período de inestabilidad, dónde la gente ya ni siquiera iba convencida a pasarlo porque debían hacerlo, sino que iban con una mentalidad de miedo por todo el revuelo que causaba, y de injusticia social, ya que, decían, era algo arcaico que no tenía razón de ser en las épocas modernas.

Ingreso en el Servicio Militar

Aquí es dónde primero se ve reflejada su responsabilidad. Corría enero del año 1983 y él acababa de cumplir los 20 años. Trabajaba con su padre, mi abuelo, de comercial de embutidos. No era un trabajo duro para nada, pero no le gustaba. Lo veía algo muy banal como para dedicarse a ello mucho tiempo. Así que cuando vio que muchos amigos de su mismo mes habían recibido ya la carta de ingreso a la mili, le pareció una buena idea para cambiar de aires, ya que conociéndose a sí mismo sabía que no lo pasaría tan mal. Además, todos sus amigos estaban fuera. Él extrañado por no haber recibido la carta, fue a preguntarlo al ayuntamiento. Según él: "un militar con cara de brócoli", bastante estropeado, le miró con gesto de desaprobación y le dijo que ya le llegaría, insinuando que le dejase tranquilo. A pesar de ello, miró y efectivamente, hacía cuatro días que debería haber ingresado en el cuartel de Cartagena. Entonces, el funcionario le metió prisas, muy nervioso, para que cogiese un tren a Cartagena. Al día siguiente ya estaba de camino, desde la estación de Sants, a dónde en teoría viviría durante año y medio. Ésta es una prueba de la incompetencia y desorganización de algunos reputados funcionarios de la época.

Al llegar allí observó a muchos chavales de su edad, que ya rapados, estaban por los suelos, y que parecía que vivían en penitencia. Por eso mismo pensó que estarían castigados por algo. Poco después se dio cuenta de que era la simple mili el castigo que les había tocado. Los chicos que debían hacer la mili, mayoritariamente ya iban premeditados a sufrir. Inventaban mil y una historias para librarse de ella (homosexualidad, por ejemplo). No querían estar allí y lo hacían todo a desgana y con miedo. Aunque fuese perder un año de tu vida, si estabas obligado a hacerlo yo creo que había que pensar las cosas con calma y aceptar las circunstancias que te propone la vida. La gente odiaba la mili y deseaba salir de allí, como si estuviesen en una cárcel. Según él, en cambio, se lo tomó con filosofía y aguantó lo que tuvo que aguantar. Con el tema de la comida, que era un gran hándicap para muchos, no tuvo problemas, ya que aún hoy le gusta todo, hasta mis primeras comidas de hace años (aunque eso no me lo creo). En la mili había principalmente dos tipos de gente: el primero, chicos que estaban perdiendo uno u dos años de su carrera estudiantil por estar en un lugar con el que no comparten ninguna opinión (frustración) y chicos que no habían salido nunca de su pueblo o ciudad, y que estar allí, aunque lo pasaban mal, era una manera de conocer mundo (perplejidad). Mi padre no pertenecía a ninguno de los dos grupos, ya que no estudió, pero sí había viajado y conocido mundo ya.

Como anécdota, su primer día allí se le rompió un tornillo de las gafas. Cuando se lo dijo al Sargento, él le contestó, cortante, que no podía salir del cuartel. Aceptó sus humanas leyes y se las quitó. Al cabo de una semana, les dejaron salir y él las cambió. A todo esto se pasó dos semanas con dolor de cabeza por las dichosas gafas.

Y esas dos semanas fueron todo el tiempo que tuvo que estar allí, ya que llegaron al cuartel unos militares que pedían a gente para la Escuela de Formación de Cabos, a dónde mi padre se apuntó.

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Soldados en el Servicio Militar en formación. Rindiendo honores, seguramente.

Escuela de Formación de Cabos

El primer día en éste lugar nuevo fue un desafío bastante interesante de analizar. El primer ejercicio que el Sargento Guijarro les hizo llevar a cabo después de presentarse fue correr. Parece sencillo, y lo es; pero no era más que una fanfarronería del Sargento, que con sus años de más le gustaba sentirse superior a los jóvenes que debían acatar sus órdenes. Su única orden fue: no paréis. Y empezaron a dar vueltas a un descampado, Guijarro incluido. Era un lugar grande pero bastante malo bara correr durante mucho tiempo, ya que correr dando vueltas siempre es frustrante. Mi padre se pegó a él, y siguió su ritmo. Al cabo de más de una hora corriendo todos habían caído, unos antes y otros después, menos mi padre y otro chaval más. Estuvieron más de una hora corriendo, el Sargento con una pistola, y mi padre y el otro chico con el arma cruzada delante del pecho. No estaban en igualdad de condiciones. Cómo después se enteró, los dos hacían atletismo, así que no fue nada excesivamente duro. El Sargento Guijarro les miraba con el rabillo del ojo y como veía que no se rendían paró en seco y mandó a todos los nuevos a sus habitaciones. Éste acto es perfecto para describir el ambiente que se vivía en éstos lugares, en que si eras mínimamente débil, física o emocionalmente, te derrumbabas. Después de la marcha, los soldados que llevaban unos meses en el cuartel contaron a mi padre, riéndose, que casi nunca había alguien que le siguiera el ritmo al Sargento, que corría hasta que todos caían y que entonces, gritaba y despotricaba del nuevo grupo con las palabras "¡Qué grupo de inútiles me habéis traído!" e insultos varios. Lo mejor para empezar una formación con ganas, por supuesto. El único objetivo de ésta prueba de resistencia, y de tantas otras pruebas sin sentido alguno que les hacían llevar a cabo era ridiculizar y humillar a los soldados. Que pidiesen clemencia, que estuviesen al borde de sus límites. Y entonces, decirles que eran unos inútiles y acabar de rematarlos. Entiendo que esto, psicológicamente, es un machaque inaguantable, y como además venían pre-mentalizados de que iba a ser el peor año de sus vidas, lo era. Mi padre en cambio, podía realizar todas las pruebas con facilidad por su complexión física, y no le afectaban las críticas de ninguno de sus superiores, ya que es parte de su personalidad.

Éste lugar era bastante más permisivo y había menos gente, por lo tanto se conocían prácticamente entre todos. Aquí pasó seis meses de su mili: dos meses de instrucción, dos para llegar a ser Cabo Segundo, y dos más para ser Cabo Primero.

Él mismo me ha reconocido que fueron unos meses bastante macabros. Aunque con la juventud no te das cuenta, hacían cosas realmente peligrosas, con las que te podías hacer daños graves, y que en realidad ocurrían. Saltaban de camiones en marcha, hacían maniobras con tanques, con bombas, etc. Vio en vivo y en directo como un joven perdía su brazo, y como otro perdía su ojo. No he querido realmente enterarme de cómo, pero supongo que es obvio, hacer locuras te lleva a consecuencias inesperadas (o no tanto). Por suerte, él se salvó de estos accidentes y le dieron su titulación de Cabo Primero. Ahora tenía que decidir la destinación, y fue aquí dónde acertó de pleno; las Islas Canarias.

Las Islas Canarias

Aceptaron su petición y le trasladaron al cuartel de las Islas Canarias. Aquí es dónde cambió todo, dónde empezaron sus vacaciones, dónde comienzan los relatos que han echo que yo desee ir a estas islas cuando tenga edad suficiente para viajar sin padres. Quizás fue por el contraste, que le hizo verlo todo maravilloso, pero según lo que me ha contado aquello parecía un hotel. El cuartel estaba a cinco minutos de la playa, tenían pista de baloncesto, de tenis, y sobretodo, gracias al título de Cabo, recibía una paga semanal y tenía muchísimo tiempo libre. Los primeros meses se limitó a disfrutar del clima y la playa, a usar las instalaciones del cuartel y a llevar a cabo la ronda mensual por las islas, que según él, cada una es más bonita que la anterior. Así fue conociendo los rincones, ya que iban de una punta a otra de cada una. Pero antes de llevar allí medio año empezó a llevar la vida de las islas. Uno de sus compañeros de cuartel era un conocido DJ de la época. Como estar en la mili le permitía hacer bolos en las discotecas de la zona, muchas veces se llevaba a mi padre con él. Siempre me ha dicho que no le gustaban las aglomeraciones que se forman en estos locales, pero con sus propias palabras: "la sala VIP era muy exclusiva y cómoda", así que nunca ponía reparo en salir por las noches. Nunca más ha ido a una discoteca (aunque igual esto lo dice solo para que yo no me acerque a ellas...).

Por otro lado están las chicas, cómo no. Todo paraíso tiene una relación amorosa, y él me reconoció que tuvo dos a la misma vez. Era un crío, y según él no es de hacer esas cosas, pero no las iba a ver nunca más, así que no tenía nada que perder. Les prometió la luna, que se las llevaría con él a Barcelona y se fue sin ni siquiera guardarse sus números.

La mili acabó en junio de 1984 y por lo tanto sus vacaciones también. Volvió al mundo real dónde tuvo que ponerse a trabajar en lo que pudo para ayudar a sus padres. Mientras me cuenta esto noto cierta melancolía en su voz. Nunca he visto los rasgos que aquí he descrito en mi padre, al contrario, siempre es moralmente perfecto. Eso me hace pensar que quizás siempre ha querido ese algo más, y la manera que veía de conseguirlo era trabajando. Quizás se le ha ido la vida trabajando para conseguirlo.

Pero también afirmo que emplea cuerpo y alma en todo lo que hace, que por esforzarse y tomárselo todo de buena gana llegó en la mili, y ha llegado en la vida a ser lo que es. Y creo que es algo de lo que realmente hay que sentirse orgulloso, a pesar de los reveses de la vida y de lo que te pueda llegar a faltar. Porque si eres feliz no te falta nada.

¿Sobra decir que es el hombre de mi vida, no?

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Mi padre y yo, 2007